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SER DISCÍPULO Y MISIONERO EN EL EDUCADOR DE LA FE

A. SER DISCÍPULOS
EN LA PERSPECTIVA DEL ENCUENTRO:
El encuentro con Jesucristo es la raíz, la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia. La Iglesia vive por ese encuentro y es la razón más profunda de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad. Con razón dice San Pablo: “todo lo considero pérdida al lado de la experiencia superior de haber conocido a Cristo Jesús, mi Señor” (Flp 3, 8)
El encuentro en la base ineludible del discipulado. Ser discípulos nos abre el camino evangélico y eclesial del encuentro vital. Como discípulos aprendemos a vivir como Él para dejarlo ver en la calidad de nuestra vida, de nuestras actitudes y acciones, a fin de hacerlo presente a los demás y facilitarles el encuentro con el Jesús vivo, particularmente a quienes están lejos de Él o no lo conocen.
LA PRIMERA EXPERIENCIA:
La primera experiencia del discípulo consiste en el llamado personal que le hace Jesús y en la voluntad de seguirle que nace en él y que le mueve a dar su respuesta creyente y amorosa, que lo lleva a configurarse con el Señor.
LA RESPUESTA:
La respuesta del discípulo “es una respuesta de amor a una llamada de amor”, y todos estamos “llamados… a la perfección de la caridad” (LG 40)
A la elección amorosa de Jesús, el discípulo responde, por gracia de Dios, con su fidelidad hasta la cruz; es testigo de la Resurrección, y se compromete al grado de estar dispuesto a dar la vida por los demás.
El discípulo encuentra en el amor de Cristo toda la fortaleza necesaria para seguirlo, conformar su vida con Él y ponerse a su servicio para la Misión.
UN EJEMPLO PARA TU VIDA COMO EJEMPLO:
María, la primera y más perfecta discípula de Cristo, vivió el encuentro con Él de una manera particularísima. El anuncio del Ángel le manifestó la elección amorosa y el “sí” que ella dio, permitió que el Espíritu Santo la cubriera con su sombra, y se realizó el encuentro con el Dios vivo, con el Verbo eterno que se encarnó en sus entrañas. Desde la encarnación grabó en su corazón el Evangelio (Lc 2,19). Como Madre nuestra nos enseña a encontrar a Jesucristo, a convertirnos a Él y a ser sus discípulos, de tal manera asimilados a Jesucristo, que también nosotros lleguemos a ser en Él, Evangelio vivo del Padre.
Desde el momento de la encarnación, toda la vida de María queda centrada en Él, vive una relación íntima con Él, la más estrecha que criatura alguna pueda vivir con su Creador, con su Salvador.
“En María encontramos todas las características del discipulado según el corazón de Dios: La escucha amorosa y atenta (Lc 1,26-38; 8, 19-21; 11,27-28).
Por eso su presencia en las montañas de Judá, en casa de Isabel y Zacarías, es una presencia evangelizadora, cuando lleva a su Hijo Jesucristo a santificar a aquella familia. De ahí en adelante María se mantendrá fiel, en unión plena con Jesús, lo mismo en el pesebre de Belén, que en destierro de Egipto, en la vida de Nazaret, en el peregrinar evangelizador, hasta el sacrificio de la cruz.
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B. SER MISIONEROS
CRISTO, EL PRIMER REFERENTE DEL EDUCADOR:
La identificación del discípulo con Cristo le ha de llevar a tener “los mismos sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús” (Flp 2,5). Esta experiencia interior le va llevando a profundizar en el conocimiento de su Señor, y a fortalecer la relación de amor, de tal manera que se enamora también de la misión de Jesús.
Experimentando la estrecha amistad de Cristo y con la ayuda de su gracia, el discípulo va madurando su identidad y su misión, viviendo “la plenitud de la vida cristiana y la perfección del amor” (DCE). Esta perfección se muestra en el amor a Dios y el amor al prójimo, condición indispensable del discípulo y misionero de Cristo.
“El amor al prójimo enraizado en el amor de Dios —ha dicho el Papa Benedicto XVI— es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local (la parroquia) a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad” (DCE 20).
Al crecer como discípulos y misioneros siempre hay oportunidad y necesidad de vivir la fraternidad que viene de la fe en nuestra identidad como hijos de Dios, que brota de nuestro bautismo. Una comunidad unida, sacramento de comunión con Dios y entre los hermanos, es normalmente la condición necesaria para la formación del discípulo. La maduración en el seguimiento de Jesús requiere de comunidades eclesiales que se esfuerzan cotidianamente, a partir de la renovación de la Nueva y Eterna Alianza en cada Eucaristía, por ser casa y escuela de comunión y solidaridad (NMI), En este ambiente el discípulo madura su vocación cristiana y descubre la riqueza y la gracia que encierra ser miembro de Iglesia, que “no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra”. (DCE 22).
En razón de ser discípulo, el seguidor de Cristo es misionero. Así fue la determinación de Cristo respecto a sus discípulos: “Como el Padre me ha enviado yo también los envío a ustedes” (Jn 20, 21) “El que a ustedes recibe, a mí me recibe y, al recibirme a mí, recibe al que me envió” (Jn 13,20). La conversión y cercanía que vive el discípulo de Jesucristo al encontrarse con Él en la comunión de la Iglesia, lo dispone para ser testigo e ir al encuentro de quienes tienen sed de Dios o no conoce su rostro.
Nosotros, como los primeros discípulos estamos llamados a vivir el amor de Cristo, amor misericordioso, entregado y fiel, amor preferencial por los más pobres y necesitados.
Misioneros, enviados, apóstoles de Cristo, mostraremos el camino de la conversión con el testimonio de nuestra propia vida y anunciaremos a todos, como Cristo, los valores del Reino. El amor será el signo de nuestra identidad y la garantía de credibilidad de nuestra misión. |