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LA ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN
Punto de partida para la elaboración de un plan es la comprensión de la espiritualidad que lo origina tanto en su conjunto como en sus diversas partes. En verdad, todo plan de acción como toda organización depende de una filosofía o de un conjunto de principios y valores que orientan la práctica pastoral y constituyen el fin o la razón última del hacer humano. Pero en la Iglesia partimos no de los simples principios doctrinales sino de éstos en cuanto deben ser vividos y constituyen el sentido permanente del quehacer eclesial. Es así que partimos de la espiritualidad, la del evangelio, pero según el modo de entenderla hoy, en el contexto del magisterio de la Iglesia actual y como respuesta a los desafíos del mundo actual.
1. Qué se entiende por espiritualidad
En la teología espiritual, la definición más común de la espiritualidad afirma que ella consiste en "los modos particulares de sintetizar vitalmente los valores cristianos, según diversos puntos prospectivos o catalizadores... Son síntesis vividas a nivel de personas individuales o de movimientos y corrientes de espiritualidad" [i].
De este modo toda espiritualidad da un color determinado a la vida y a la misión de sus seguidores. Un color que surge de la opción fundamental y que como punto focal es el origen de una síntesis de vida evangélica. Lo que es común es vivido desde la peculiaridad de una determinada perspectiva de la cual emerge un modo peculiar de vivir la vida cristiana, es decir, una espiritualidad.
2. La espiritualidad del Concilio
De hecho, el Concilio Vaticano II elige una óptica, la de la Iglesia como "misterio de comunión" que constituye una opción que define su modo de ser y se actuar en la historia y, al mismo tiempo, es el núcleo catalizador en torno al cual vivir el conjunto de valores de la vida cristiana. Así da comienzo a un modo peculiar de ver, de ser y de actuar como Iglesia para el mundo.
El Concilio repropone la espiritualidad evangélica en cuanto vivida y llamada a vivirse como comunión y comunidad, como Iglesia, Cuerpo de Cristo. La Iglesia se concibe a si misma como una espiritualidad. Es el carisma del Espíritu dado a nuestra época.
En efecto cuando dice de sí misma que "es misterio" afirma un hecho teologal, una realidad existente: el encuentro entre el don de Dios que quiere hacer partícipes de su vida a los seres humanos y la respuesta humana de la fe, de la esperanza y de la caridad. Es la comunión constitutiva del ser-Iglesia. Por ello se puede afirmar sin lugar a dudas que el Concilio Vaticano II es un Concilio de espiritualidad y de espiritualidad de comunión y comunitaria.
Esta, la espiritualidad comunitaria, recibe su sentido del encuentro-comunión con Dios, Uno y Trino. En esta visión trinitaria se origina un nuevo modo de encarar las relaciones interpersonales y sociales a partir de esa única, original y originante "comunidad de amor" que es la SSma. Trinidad[ii]. La creación, la salvación y la santificación que tienen al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como agentes y protagonistas de la historia han sellado todo lo humano con un sello comunitario y al mismo tiempo dinámico.
Por tanto, el adjetivo "comunitaria" pertenece a la esencia misma de la espiritualidad cristiana. Esto implica que el sujeto es la comunidad cristiana, un "nosotros" (padre nuestro-hijos e hijas y hermanos-hermanas); comunidad que resulta al vivir las relaciones de tal modo:
*que son relaciones de amor (relaciones interpersonales entre seres humanos; no son suficientes las relaciones funcionales que exigen unas estructuras a su vez relativas), en el amor que es Dios, compartido en la fe, esperanza y caridad,
*que tienen un fin común: la realización de la voluntad salvífica universal del Padre.
*que unifican a las personas y sus vidas en la Iglesia, en mutua cooperación y organización jerárquica.
3. En qué consiste esta espiritualidad (sus componentes esenciales)
3.1. Es la espiritualidad que radica en Dios (amor compartido, Trinidad de Personas), que crea al ser humano a su imagen y semejanza; más aun, que se comunica al ser humano y al comunicarse lo llama a una santidad como la suya. "Vocación" que es al mismo tiempo "convocación" a la comunión con El, comunión que se convierte en posesión común de aquellos que lo acogen; (LG 2-5; DV 2-5; AG 2-5; UR 2).
3.2. Radica además en la respuesta del ser humano que consiste en el hecho de hacerse siempre más comunidad -pueblo- familia de Dios. El quiso santificarnos-salvarnos no aisladamente sino como pueblo santo (LG 9; Cfr.GS 24; Ef 4,1-16; I de Pedro 2, 1-10 y otros).
Este pueblo participa y comparte una misma vocación y misión; pueblo profético, sacerdotal y real que, como tal es llamado a la santidad y en él cada una de sus partes.
3.3. Es la espiritualidad cuyo dinamismo interno consiste en las relaciones de diálogo con Dios, entre los seres humanos en Dios, integrando-unificando toda la realidad (creación e historia). Es la santidad de las relaciones que se da en las mismas relaciones, es decir, santidad comunitaria; (ver arriba y Cfr. 2Cor 8 y 9; Fil 1, 3-11; y 2, 1-11; Col 3,5 al 4,6 y otros).
Más aun, el diálogo como discernimiento comunitario o dinamismo compartido de búsqueda de la voluntad de Dios en una situación concreta (Cfr. Hch. cap.15; Ef 4,15). Es el dinamismo del amor y del servicio mutuo, en el horizonte de la universalidad (Cfr. Jn 13,1-20; Mt 18... LG 5).
3.4. Espiritualidad cuyo fin último consiste en la madurez de la Iglesia en Cristo, en la plenitud de su desarrollo, en su perfección como "cuerpo". Esto implica:
+ organicidad (integración de las diversidades en la unidad
+ dinamicidad (tensión hacia la perfección y la eficacia)
+ en una comunidad que vive la comunión
+ de fe-esperanza-caridad y en la fe-esperanza-caridad.
Es la espiritualidad-santidad de la Iglesia que tiende a revelar en su rostro y en formas siempre más perfectas a Cristo, en cuanto la Iglesia debe ser siempre más plenamente Iglesia-signo e instrumento de la salvación universal en la caridad. Esto implica la renovación del modelo histórico de Iglesia con nuevos modelos siempre abiertos a ulteriores metas de perfección en la unidad mediante la caridad.
3.5. Espiritualidad de Iglesia peregrina en este mundo, que realiza su itinerario de configuración con Cristo mediante la conversión-renovación permanente de las personas, de los grupos, y de las instituciones, como un todo en camino de perfección.
Esta renovación consiste en una creciente fidelidad a Dios y a la persona y se define mediante la lectura en la fe de los "Signos de los tiempos". La Iglesia, comunidad, puede así responder a las expectativas más profundas de la humanidad en aquellos núcleos donde Dios la mueve a realizar su Plan para hacerse compañera de camino en la búsqueda del sentido de la vida: Dios, Uno y Trino. De esta forma la Iglesia revela su naturaleza de discípula de Cristo y, al mismo tiempo, su carácter misionero que convence más por el testimonio de la vida que por la palabra que comunica.
Es la espiritualidad-santidad que implica una conciencia de los propios límites e imperfecciones, entendida como carencia de integración en la unidad plena (Dt 26,5-10; Is 55; 58,1-2; Jr 31,31-34; Os 2,16-25; Rom 8,18-20; Ef 4, 22-24; Fil 3,12-21; Hb 11; 2Pd 3,11-18; Ap 2 y 3; LG 8,48; UR 6 y 7; AG 5; GS 40 y 43).
De este modo la Iglesia vive en el anhelo, propio de la esperanza, de aquello que todavía falta, en el horizonte último de la patria definitiva, la plenitud de Dios-Futuro-Absoluto (LG 48).
3.6. Todo esto en el horizonte de la vocación de la humanidad entera, llamada a convertirse en la familia de los hijos de Dios por la realización de su Reino para el cual existe la Iglesia (Jn 15; 1Cor 12; Ef 4,1-16; LG 7,9,32,41; GS 24,92; EN 14 y 18-20; AA 4,6-8; PO 14,6 y 7-11).
[i]. G. Moioli, Teologia Spirituale, Dizionario Teologico Interdisciplinare, Edit. Marietti, 1977, pag. 56.
[ii]. LG 2.3.4; AG 2.3.4.; DV 2.3.4.
CARACTERÍSTICAS DE LA ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN
La comunión con Dios, que al mismo tiempo es comunión entre todos los que en Dios son hechos uno, comunión que integra a la fraternidad humana todo lo creado, naturaleza y cosmos, se caracteriza por una serie de valores sin los cuales la misma comunión sería imposible. Son características que, a su vez, contienen en alguna medida el conjunto de los valores que el cristiano y la Iglesia están llamados a vivir. Con todo, en esta breve exposición no es posible abarcarlos todos, ni expresarlos en su plenitud[i]. Por lo que ahora interesa se explicitan sintéticamente sólo las cinco características fundamentales de esta espiritualidad de comunión que hacen al dinamismo de crecimiento de la comunidad eclesial, de la Iglesia particular.
1. El diálogo
El diálogo entendido como la intercomunicación de las conciencias, como relación auténtica entre las diversas partes -personas, grupos e instituciones- y, por tanto, entre los diversos dones, carismas y ministerios. Diálogo que se establece en la intercomunicación de la fe, de la experiencia de Dios propia y original de cada uno. En cuanto que es compartida, esta experiencia hace de todos un "nosotros" sujeto de una única y común experiencia de Dios. Así Dios es compartido no sólo a nivel del espíritu en la intimidad de las conciencias, gracias al don de la fe, sino a nivel visible de comunidad fraterna, de Iglesia. Este es el primado de la comunión con Dios, vivido en la relación fraterna. Entonces la experiencia que cada uno tiene de Dios se universaliza. En primer lugar cuando se hace experiencia de otros y en segundo lugar cuando acoge cada uno la experiencia de los otros. En el diálogo nos hacemos uno y diversos a semejanza de Dios Uno y Trino.
El diálogo está hecho de silencio y de palabra. Silencio exterior e interior, silencio de las propias pasiones y de las propias facultades, en una palabra, silencio de sí. En la escucha y en la acogida, que el silencio permite, penetra en nosotros la palabra del otro, mejor aun, la Palabra de Dios, a través del otro. Silencio místico del anonadamiento de sí mismo, por el que madura, en la intimidad, la palabra que se ofrecerá a los demás, la que Dios quiere comunicarles. Es el silencio-soledad interior que genera la comunión y la palabra que la construye. El silencio-soledad, por tanto, se hace palabra que edifica, interpreta y educa al "otro", a todo otro. Una palabra que emerge de la profundidad del ser humano pacificado, no como fruto de reacciones, ni expresión de las tendencias naturales, sino como expresión del señorío del espíritu sobre el ser humano. Palabra que expresa la originalidad del espíritu para edificar la comunidad. Silencio y palabra que son fruto del señorío de Dios en una medida que sólo él conoce. Silencio y palabra, expresión de la libertad oblativa de los hijos de Dios, fuente de comunión y amistad.[ii]
2. El discernimiento comunitario
Consiste en buscar conjuntamente la voluntad de Dios. Es el diálogo aplicado a la interpretación valorativa de la situación en la que se actúa o se quiere actuar. Al análisis de las diversas alternativas de acción. A la identificación de medios y modos de actuar para llevar a cabo la voluntad de Dios tal como se descubrió. Discernimiento que es confrontación de la Palabra de Dios actualizada por el magisterio de la Iglesia y la vida. En función de una opción que es conversión y que redimensiona el compromiso precedente y todo lo actuado hasta ahora. Discernimiento que expresa la virtud de la prudencia o virtud de la acción y, más ampliamente, expresa la sabiduría de la fe que se deja guiar por la Palabra de Dios, de la esperanza que pone la seguridad en el poder de Dios y de la caridad que opta por Dios y por su Plan en las situaciones históricas concretas.
El discernimiento se aplica en diversas situaciones. En el análisis de una situación concreta en orden a individuar el problema que ésta presenta. En la valoración de motivos que mueven a escoger una alternativa sobre otras. En la valoración de la libertad para optar. En la elección de medios y modos de acción coherentes con la opción adoptada. El discernimiento exige, en primer lugar, la ponderación de los diversos factores que intervienen en la situación. Exige además la identificación de los diversos elementos y su mutua comparación, para deducir conclusiones. Exige, además, la purificación de los esquemas preestablecidos, de las posiciones adoptadas, de los prejuicios, de los intereses particulares, etc. para estar abiertos a lo que se nos muestra, a la luz de la Palabra de Dios y de la situación concreta como "lo mejor posible". A la ponderación y a la purificación les sigue la capacidad de resolución, la exigencia de escoger, es decir, de pasar de la fase de búsqueda a la fase de elección. En esta fase se escoge una dirección o una alternativa entre otras posibles. El discernimiento nos lleva a salir de la perplejidad, aceptando la precariedad de tener que optar sin estar absolutamente ciertos de optar por lo mejor. Por una parte, es la aceptación de la precariedad humana y de su pobreza existencial, pero al mismo tiempo, es el ejercicio del señorío de la voluntad sobre sí misma y sobre las cosas. A la opción le sigue el compromiso coherente de usar los medios y formas más idóneos para llevar a cabo las opciones realizadas. Este compromiso exige tenacidad y paciencia para llevar a buen fin lo decidido, sin dejarse desviar por otros intereses. El discernimiento se convierte entonces en auténtico señorío del espíritu, ejercicio de libertad, amor verdadero, porque es una opción hecha en común en orden a edificar el bien común y para el crecimiento común.
El discernimiento exige honestidad en la búsqueda de razones que justifiquen las diversas alternativas y exige una purificación de las intenciones y de los motivos que impulsan hacia una opción determinada. La purificación comunitaria exige silencio, oración, comunicación espiritual y diálogo. Hay que superar la tentación de una búsqueda de la verdad a sólo nivel de debate o discusión o, peor aun, de caer en la simple conversación de "café".
La purificación compromete a la sensibilidad en un desapego de todo; la afectividad, en una independencia de todos; la inteligencia, en una honestidad en la búsqueda; y la voluntad, en una disponibilidad total a la voluntad de Dios. La purificación de sí implica que nada podrá impedir la libertad de opción y que la persona-comunidad tendrá el dominio de sí para escoger "lo mejor posible", que aparece como voluntad de Dios, dando lugar al Espíritu para que sea El quien nos conduzca.
3. La reconciliación-conversión-renovación comunitaria
Sólo Dios es absoluto, sólo su Reino y las exigencias que implica son definitivos. Todo lo que lleva la figura de este mundo es relativo y destinado a perecer. Sólo Dios es; todo lo demás pasa. Por esto la misma Iglesia, "santa y al mismo tiempo siempre necesitada de purificación, progresa continuamente por el camino de la penitencia y de la renovación" (LG 8). Y, con "la ayuda del Espíritu Santo, no cesa de renovarse a sí misma, hasta que alcance por la Cruz la Luz sin ocaso" (LG.9, y 15; GS.40, 43 y 48). "La Iglesia peregrina en este mundo está llamada por Cristo a una reforma permanente de la que ella, como institución terrena y humana, tiene necesidad permanente" (UR 6).
"Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el crecimiento de la fidelidad a su vocación" (UR 6) e implica, al mismo tiempo, la renovación interior o conversión y la renovación exterior o reforma. Una conversión que el mismo Concilio define en sus tres aspectos esenciales: "renovación interior, (abnegación) anonadamiento de sí y libérrima efusión de la caridad" (UR 7).
La conversión es un hecho interior que se expresa en la renovación exterior o reforma. Esta consiste, a su vez, en la restauración de la forma y del orden debidos (Cfr UR 6), pero tiene su raíz en la reforma interior o crecimiento en la fidelidad. El dinamismo de la Iglesia se convierte, por lo mismo, en un dinamismo constante de renovación, conversión, y reforma, entendidos como sinónimos, aunque se expresen en diversas facetas de un único dinamismo. Pablo VI, en la encíclica Ecclesiam Suam, especifica este dinamismo como
+ toma de conciencia o necesidad de que la Iglesia descubra su naturaleza, de que mire a Cristo como a su Principio, estimulada por las condiciones cambiantes de los seres humanos, y por sus necesidades,
+ reforma y deber de configurarse con los valores descubiertos en la intimidad de la conciencia para entablar un diálogo o relación salvífica y eficaz; el diálogo es el nuevo nombre de la caridad,
+ diálogo que debe realizarse en círculos cada vez más amplios tanto al interior de sí misma como con las demás realidades religiosas y con la sociedad.
El dinamismo unitario implica:
+ un nuevo modo de ver la realidad o nueva conciencia, es decir, un conjunto de convicciones sobre la realidad global y sobre cada uno de sus aspectos;
+ una conversión profunda del corazón o de la libre voluntad para adoptar esta verdad redescubierta, que implica un nuevo esquema de vida;
+ una adecuada adaptación real y concreta, históricamente perceptible, de todos los comportamientos que derivan de aquellas verdades y valores. Comportamientos individuales y comunitarios, relaciones, estructuras que las regulan, acciones, tareas, obras e instituciones en las que aquellos se expresan, todo debe adaptarse a la nueva visión y a las nuevas actitudes. Dicho de otro modo: un nuevo modo de ver y de pensar; un nuevo modo de ser y de vivir; un nuevo modo de hacer y de actuar.
Conversión-renovación-reforma, que son ante todo un don de Dios, siempre fiel a su amor eficaz y potente. Que son obra y don de su Espíritu, de su Aliento, que crea y renueva la faz de la tierra. "Conversión-renovación-reforma que son respuesta a la iniciativa de Dios, fruto y expresión de nuestra fidelidad a sus dones. Dones que compartimos en un único Cuerpo, con una respuesta que debe ser comunitaria y global, como un hecho de Iglesia. El conjunto de la Iglesia en sus personas, comunidades y grupos, relaciones y estructuras, está sujeta al Espíritu y es objeto del proceso de renovación-conversión-reforma. Tiene como fin alcanzar la plenitud como Cuerpo de Cristo, la madurez de Cristo para ser plenamente eficaz en su servicio a la salvación universal e integral de la humanidad y del mundo.
Esta renovación exige la lectura de los Signos de los tiempos para entender y acoger la Palabra de Dios en la historia, su presencia operativa, que conduce a la humanidad y a la misma Iglesia hacia ulteriores metas de unidad. Es así como la renovación exige una reforma de todo aquello que a lo largo del tiempo y por distintas circunstancias se ha deteriorado, sea en las costumbres, o en la disciplina eclesiástica, o en el modo de exponer la doctrina, para que todo sea renovado según el orden debido (Cfr.UR 6).
La conversión de actitudes en relación a Dios y a los hermanos, es otra exigencia de la renovación. Se expresa, ante todo, en el reconocimiento de que se es pecadores y en la conciencia de que el perdón de Dios Padre es proporcional al perdón que nos ofrecemos mutuamente no una sino setenta veces siete. Se expresa, además, en la reconciliación mutua, en la capacidad de rescatar, recomponer y rehacer nuestras relaciones recíprocas con Dios, con los otros y con la misma naturaleza y cosmos. Reconciliación que es el medio en el que se da, mantiene y crece el diálogo de salvación. Se expresa, en fin, en la corrección y promoción fraternas, es decir, ese mirarnos los unos a los otros en la fe, esperanza y caridad que llama al otro a la conversión, que lo empuja hacia metas superiores y le comunica la misericordia, bondad y benevolencia del amor de Dios.
Así, ayudados por Dios que está y opera en todos y ayudados los unos por los otros caminamos todos juntos, como Iglesia, hacia la santidad, hacia la unidad salvífica universal. Es el itinerario permanente de crecimiento, es el camino espiritual de maduración de la Iglesia hacia la plenitud de Cristo.
4. La esperanza
"El cristianismo es escatología, es esperanza, mirada y orientación hacia el futuro, pero es, por lo mismo, apertura al presente y a su transformación" (Moltman). La esperanza abre al futuro absoluto y trascendente, reconocido como don de Dios, que no puede ser conquistado sino solamente acogido. Esperar es creer en las promesas de Dios, en su fidelidad, por la que lleva a cumplimiento todo cuanto ha prometido e iniciado en nosotros al hacernos hijos suyos. La esperanza nos induce a amar el futuro como plenitud de un presente todavía parcial y limitado. Un futuro querido por Dios y, por lo mismo, posible. Un futuro presente en el anhelo de plenitud, pero nunca plenamente alcanzado por las realizaciones humanas. Así sucedió en Cristo, nuestra Esperanza. Por eso la Iglesia, y nosotros en ella, vive en este mundo como desterrada, extranjera y peregrina. En actitud crítica frente a toda realización humana. Esta misma actitud le ayuda a interpretar lo que hay en el presente como signos de la presencia de Dios, para secundarlo, y lo que hay como signo del mal, para vencerlo y superarlo.
La esperanza se convierte en profecía de la historia y se traduce en el compromiso por transformarla según el querer de Dios "ya" presente, en ella, aunque "todavía no" alcanzó la plenitud a la que está llamada. La esperanza se convierte en operativa, buscando alcanzar "lo mejor posible" aquí y ahora. La esperanza es creadora del futuro esperado.
Vivir en esperanza es una exigencia para las personas y para las comunidades. Vivir en el anhelo de Dios-Futuro-Absoluto, se expresa como vida de oración, ansia de una humanidad abierta al infinito y a la plenitud de Dios, búsqueda permanente de los caminos a recorrer en la actuación del Plan de Dios. Es vivir en estado de proyección, dando forma ideal a las expectativas, deseos y propósitos de futuro, presentes en la conciencia colectiva. Es vivir en el discernimiento del presente: como análisis de la situación del mundo; como diagnóstico interpretativo y contemplación de Dios que actúa en la realidad; como programación de todo cuanto debe hacerse para corresponder al plan de Dios según el paso posible.
En el dinamismo de la esperanza la Iglesia vive aquella tensión que la conduce a vivir el amor transformante que renueva la faz de la tierra.
El hombre de esperanza vive en los confines donde la realidad "ya es, pero todavía no es". Se siente pacificado en un presente que "ya es" y, al mismo tiempo, vive insatisfecho ante ese futuro que "todavía no es" y que por la caridad se debe realizar. Su vida, así, es una continua pascua, un continuo paso. Es un ser humano de nuestro tiempo, tiempo de cambios permanentes, acelerados y universales. En esta situación, vive el presente como una posibilidad de transformación al orientar la realidad hacia el Futuro absoluto que es Dios.
5. La liturgia y oración
La liturgia es la fuente y cumbre de la espiritualidad comunitaria. Liturgia que presupone una Iglesia que convoca y, a la vez, es la liturgia la que edifica la Iglesia. Es la celebración del misterio de Cristo y de la vida de la Iglesia, en cuanto ésta es el sacrificio espiritual incorporado al sacrificio de Cristo y Sacramento de la comunión con Dios Padre, por Cristo en el Espíritu. Es el sacrificio de acción de gracias y de alabanza de la Iglesia, que se sabe a la vez salvada y necesitada de salvación.
La Liturgia celebra y actualiza el sacrificio de Cristo al que va unido el sacrificio de la Iglesia. Es la celebración del Cristo total, del dinamismo de integración en Cristo de toda la realidad humana y cósmica, de la cual la misma Iglesia es el signo. Es la celebración y actualización día tras día:
+ del confluir en UNO, como comunidad creyente en Cristo, en la unidad del único Espíritu,
+ de la reconciliación fraterna fundada y establecida en Cristo,
+ de la fe de la Iglesia, comunidad de escucha-acogida de la Palabra,
+ del Sacrificio de Cristo unido al sacrificio de la Iglesia y para edificación de la unidad que Cristo mismo instituyó en su Sangre para la salvación del mundo,
+ de comunión fraterna en la comunicación de bienes espirituales y materiales y en el primado de la caridad universal,
+ de la misión a ser llamados y enviados a comunicar la Buena Nueva a toda la humanidad.
La liturgia en la vida es espiritualidad de las relaciones: comunidad fraterna que nace del don de Dios y de la oblación de sí, del encuentro-comunión en el único amor de Cristo Jesús compartido en la reciprocidad de las relaciones. Es el sacrificio espiritual exigido por el hecho mismo de establecer relaciones de conocimiento y comprensión, de perdón y reconciliación, de benevolencia y misericordia, de paciencia, de concordia y de paz. Es el sacrificio espiritual que nos edifica conjuntamente como Cuerpo de Cristo mediante el diálogo, el discernimiento, la participación corresponsable, la programación y evaluación, las estructuras orgánicas y funcionales. El sacrificio espiritual de una Iglesia que se edifica continuamente en Cristo, hacia una santidad que no tiene fin, exige esfuerzo y disciplina. Es el sacrificio de alabanza al Padre que Cristo sigue realizando y completando en su "Cuerpo" al seguir dando la vida por los hermanos y construyéndose a sí mismo en el amor. Es el "SI", es el "AMEN" de Cristo -Cabeza y miembros- al Padre, es el "SI" de la Iglesia que vive en Cristo y por Cristo. Este es el único sacrificio agradable al Padre. Todo lo que se vive y todo lo que se hace en "nombre" de Cristo y, por tanto, como Iglesia, se convierte en sacrificio salvífico para el mundo en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La auténtica oración es por lo tanto la que Cristo realiza en nosotros por su Espíritu y a la cual nosotros correspondemos. Responder a Cristo, a la voluntad del Padre y a su Espíritu, no es otra cosa que incorporarse al misterio de Cristo Dios y Hombre y, en El, al misterio por el cual todos somos una sola cosa en El. Así somos miembros los unos de los otros, según la diversidad de dones, de carismas y de ministerios. Nuestro SI a Dios es el SI de Cristo y, por lo mismo, de la Iglesia. El ser humano no puede separar lo que Dios ha querido unir en Cristo: Dios y la humanidad, haciendo de los dispersos un solo Cuerpo, para alabanza y gloria de Dios Padre. En la medida en que nuestra oración se identifica con el querer de Dios, se identifica también con la humanidad redimida en Cristo y se convierte en instrumento de su actuación en el hoy de la historia. Así la oración incorpora a la persona, a la comunidad y a la misma Iglesia al misterio del Cristo Total, misterio que se celebra en la Liturgia y se edifica en la historia.
En definitiva, Liturgia-oración-unidad de vida son las dimensiones de una experiencia unificante, experiencia de vida en el Espíritu, de santidad compartida a lo largo de tiempos y culturas, a partir de diversos carismas personales y comunitarios. Toda la santidad es santidad de todos y de cada uno en el único Espíritu y la peculiaridad de la santidad de cada uno pertenece a todos. Es la comunión de los santos en el Santo, de los que nos precedieron y viven en la gloria de Dios y de los que viven todavía en este mundo, miembros todos del único Cuerpo de Cristo, formando parte de un grandioso Plan: Cristo, como principio, centro y fin de la historia humana, en el cual se recapitularán todas las cosas para Gloria de Dios Padre.
[i]. El "SERVICIO DE ANIMACIÓN COMUNITARIA está elaborando un "tratado" de espiritualidad de comunión o de Iglesia y de la ascesis comunitaria que ella exige.
[ii]. Jn 15. Es la comunión que se expresa en la imagen de la vid y de los sarmientos; es el mandamiento del mutuo amor; es la amistad que surge del "sois mis amigos porque yo os he comunicado todo lo que el Padre me ha comunicado".
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