ASOCIACION LAICAL
"TODO LO PUEDO EN CRISTO-JESÚS"
El ser humano tiene las capacidades y potencialidades en modo incipiente, y así la creatividad, la espontaneidad y la posibilidad de amar, son capacidades en embrión que pertenecen a la especie humana y deben ser desarrolladas.
 
A. Maslow
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LOS SACRAMENTOS
 
Estimado amigo/a. En este espacio tú podrás encontrar información importante sobre los sacramentos; útil para tu formación y para preparar tus temas, talleres o charlas.
 
EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
 
EN LA CONFESIÓN, JESÚS PERDONA POR MEDIO DEL SACERDOTE

Una de las páginas más conmovedoras del Evangelio es la parábola del hijo pródigo, que retrata la conducta de un hijo ingrato con su padre. Eran dos hermanos y el menor decide abandonar la casa; después de pedir su parte de la herencia, se marchó a un país lejano donde derrochó todo llevando mala vida. Entonces tuvo que ponerse a cuidar cerdos para poder vivir, hasta que un día sintió vergüenza de su situación y decidió volver a casa para pedir perdón a su padre: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti" (Lc 15,18). El padre, que lo esperaba, cuando lo vio venir salió a su encuentro, se le echó al cuello y lo besó. Y fue tanta su alegría que mandó a los criados que preparasen un banquete y una gran fiesta para celebrar el retorno del hijo pequeño.

Esta parábola nos puede ayudar a entender el sacramento de la Penitencia, que es el sacramento de la misericordia de Dios.

1. Los sacramentos de la curación

Hemos estudiado los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía,  que otorgan la vida nueva en Cristo. Pero, a pesar de tanta gracia, el hombre es débil, puede pecar y arrastra las miserias del pecado.

Cristo quiso que en la Iglesia hubiese un remedio para esas necesidades, y lo encontramos en los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de enfermos, llamados sacramentos de curación porque curan la debilidad y perdonan los pecados.

2. Para salvarse, hay que arrepentirse de los pecados

No hay salvación posible sin el arrepentimiento de los pecados, que es completamente necesario para aquel que ha ofendido a Dios. Así lo dice Jesucristo: "Si no hacen penitencia, todos igualmente perecerán" (Lc 13,3).

Antes de venir Jesucristo, los hombres no tenían seguridad de haber obtenido perdón de sus pecados. La seguridad nos la trajo Él, que podía decir: "Tus pecados te son perdonados" (Mt 9,2).

3. La institución del sacramento de la Penitencia para perdonar los pecados

En la tarde del Domingo de Resurrección, Jesucristo instituyó el sacramento de la Penitencia, al decir a sus discípulos: "Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengan, les son retenidos" (Jn 20,22-23). Instituyó este sacramento a manera de juicio, pero juicio de misericordia, para que los Apóstoles y legítimos sucesores pudiesen perdonar los pecados.

"¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! -Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona.

Este sacramento se denomina también de la conversión, de la reconciliación, o confesión.

Materia: El arrepentimiento y propósito del penitente. Forma: Yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ministro: Todo sacerdote. Sujeto: Todo ser humano, bautizado, que haya cometido algún pecado.

4. Jesucristo mismo, por el sacerdote, es quien perdona.

Sólo los sacerdotes -con potestad de orden y facultad de ejercerla- pueden perdonar los pecados, pues Jesucristo dio poder sólo a ellos. No se obtiene el perdón, por tanto, diciendo los pecados a un amigo, o directamente a Dios. Además, en el momento de la absolución es Cristo mismo quien absuelve y perdona los pecados por medio del sacerdote, ya que el pecado es ofensa a Dios y sólo Dios puede perdonarlo. El sacerdote debe guardar -bajo obligación gravísima- el sigilo sacramental.

5. Efectos de este sacramento

Los efectos de este sacramento son realmente maravillosos:

ü  la reconciliación con Dios, perdonando el pecado para recuperar la gracia santificante.

ü  la reconciliación con la Iglesia;

ü  la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales y de las penas temporales -al menos en  parte- según  las disposiciones;

ü  la paz y la serenidad de la conciencia con un  profundo consuelo del espíritu;

ü  los auxilios espirituales para el combate cristiano, evitando las recaídas en el pecado.

6. Necesidad de la Penitencia

El sacramento de la Penitencia es completamente necesario para aquellos que después del bautismo han cometido un pecado mortal. La Iglesia enseña que hay obligación de confesar los pecados mortales al menos una vez al año, en peligro de muerte y si se ha de comulgar.

Pero una cosa es la obligación y otra muy distinta lo que conviene hacer si se quiere que aumente nuestro amor a Dios. Tampoco hay obligación de besar a la madre, ni de saludar a los amigos, ni de correr todos los días..., pero cualquier persona normal lo hace. Si queremos progresar en el amor de Dios, debemos confesarnos a menudo y confesarnos bien.

7. Conveniencia de la confesión frecuente

 La Iglesia recomienda vivamente la práctica de la confesión frecuente, no sólo de los pecados mortales -que deben confesarse en seguida- sino también los pecados veniales. De esta manera, se aumenta el propio conocimiento; se crece en humildad; se desarraigan las malas costumbres; se hace frente a la tibieza y pereza espiritual; se purifica y forma la conciencia; nos ayudan en nuestra vida interior, y aumenta la gracia en virtud del sacramento. Para crecer en el amor a Dios es muy conveniente tener en mucha estima la confesión: confesarse a menudo y bien.

8. Condiciones para una buena confesión

Para hacer una buena confesión son necesarias cinco cosas: Examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Hay que confesarse procurando vivir bien estas disposiciones, sin caer en la rutina, ya que cada confesión es un encuentro personal con Jesucristo.

1. Examen de conciencia

Es preciso recordar -para acusarse después- los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha. En ese examen hay que considerar detenidamente los mandamientos de la Ley de Dios, los de la Iglesia y las obligaciones del propio estado. Si se descubren pecados mortales cometidos desde la última confesión válida, hay que saber la clase de pecado, las circunstancias que cambian su especie y -dentro de lo posible- el número de veces o al menos una media aproximada. Conviene ver también los pecados veniales.

Normalmente, el examen debe ser breve, lo que no quiere decir "superficial". Si se confiesa uno con frecuencia será más fácil hacerlo, como es más fácil confesarse bien   cuando uno se examina habitualmente.

2. Dolor de los pecados

El dolor puede ser de atrición (por el castigo o por la fealdad del pecado) o de contrición (por haber ofendido a Dios, siendo quien es).

El dolor de contrición o dolor perfecto, fruto de una ardiente caridad hacia Dios ofendido, cuando existe la imposibilidad de confesarse, reconcilia al hombre con Dios antes de que de hecho se reciba el sacramento de la Penitencia. Sin embargo, este dolor no impede la confesión oral de los pecados, sino que presupone su deseo y a ella se ordena por naturaleza.

Sería contradictorio un perfecto dolor de los pecados unido al rechazo del precepto divino de confesarlos al sacerdote. La efectiva confesión de los pecados es necesaria porque nadie puede estar absolutamente seguro de que su contrición es perfecta. Por eso, para acercarse a comulgar, si se tiene conciencia de pecado mortal, salvo casos raros y especiales, hay que confesarse antes. No hacerlo así, y acercarse sólo con un supuesto acto de contrición, sería un desprecio a Cristo, ya que pondría en ocasión de recibirlo sin las disposiciones necesarias, puesto que nadie puede estar seguro de la suficiencia de su dolor.

El dolor de atrición o dolor imperfecto de suyo no perdona el pecado, pero es suficiente para recibir el sacramento de la Penitencia.

3. Propósito de la enmienda

Consiste en la determinación de no volver a pecar, como se lo indicó Jesús a la mujer pecadora: "Anda, y no peques más" (Jn 8,11). Aunque no sea posible tener certeza de que no se ofenderá más a Dios, hay que estar dispuesto a poner los medios para no volver a hacerlo. Esto lleva a quitar las ocasiones  próximas y voluntarias de pecado: malas amistades, lecturas, conversaciones, diversiones inadecuadas, etc.; poner los medios sobrenaturales y humanos para fortalecer la voluntad y no volver a pecar.

4. Confesión o acusación de los pecados

Para hacer una buena confesión es necesario decir todos los pecados al confesor; la confesión es a modo de juicio y ningún juez puede juzgar ni poner la penitencia adecuada si no conoce la causa del reo. Hay que confesar todos los pecados mortales según su número y circunstancias importantes; por ejemplo, las que cambian la especie del pecado, que hacen que en un solo acto se cometan dos o más pecados específicamente distintos, como sería el robo con violencia.

Se cometería un sacrilegio y la confesión sería inválida si se callara un pecado mortal a sabiendas; si se olvida algún pecado y uno se da cuenta después, queda perdonado ese pecado pero hay obligación de decirlo en la próxima confesión; mientras tanto se puede comulgar. Aunque no es necesario es muy conveniente confesar también los pecados veniales.

5. Cumplir la penitencia

La penitencia impuesta por el confesor es para satisfacer la deuda debida a Dios por el pecado. Es muy bueno que, además de cumplirla en seguida, el penitente procure libremente hacer por su cuenta otras obras que le ayuden a sentir y reparar el pecado. Si teniendo intención de cumplir la penitencia, luego no se cumple, la confesión es válida, aunque este incumplimiento puede ser grave o leve según los casos.

9. Normas prácticas sobre el modo de confesarse

a) Antes de la confesión. Es bueno rezar alguna oración preparatoria, por ejemplo: "Ven, Espíritu Santo, ilumíname para que pueda conocer mis pecados. Ayúdame para que tenga verdadero dolor, los confiese con sinceridad y me enmiende seriamente. Amén".

Después de hacer el examen de conciencia, se provoca el dolor de todos y cada uno de los pecados y se hace el firme propósito de luchar para no caer en esas faltas (propósito de la enmienda). Mientras se espera, hay que procurar el recogimiento interior hablando con el Señor o rezando algunas oraciones.

b) Durante la confesión. En el momento oportuno, el penitente se dirige al confesionario, se arrodilla, y saludo al sacerdote con el saludo habitual: "Ave María Purísima". El sacerdote nos acoge y nos invita a la confianza en Dios, diciendo, por ejemplo: "El Señor esté en tu corazón para que, arrepentido, confieses tus pecados". Después, y si el sacerdote lo cree oportuno, lee o recita de memoria algún texto de la Sagrada Escritura, en el que se manifieste la misericordia de Dios. Seguidamente, el penitente se acusa de los pecados; antes puede recitar una fórmula de confesión, por ejemplo: "Yo confieso". Se acusa de todos los pecados con brevedad, claridad y sinceridad. Al terminar se puede decir: "No recuerdo más". Luego se escucha con atención la recomendación del sacerdote y la penitencia que impone. Se hace un acto de contrición diciendo, por ejemplo: "Señor Jesús, Hijo de Dios ten piedad de este pecador". Mientras el sacerdote imparte la absolución, nos recogemos con piedad y agradecimiento, respondiendo cuando acaba: "Amén".

c) Después de la confesión. Lo mejor es cumplir la penitencia indicada cuanto antes, sin dejarla para más adelante. Al mismo tiempo se da gracias a Dios por su misericordia, se renuevan los propósitos de enmienda y se pide ayuda al Seños y a la Virgen para ponerlos en práctica.

10. La celebración del sacramento de la penitencia

Aunque en casos realmente excepcionales hay otras formas de celebrar la penitencia, la confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único camino ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

11. Las indulgencias

Fuera de la confesión, Jesús ha dado a su Iglesia poder para perdonar la pena temporal debida por los pecados, y lo hace por medio de las indulgencias. Así, pues, con las indulgencias se perdona la pena temporal que puede restar de pecados ya perdonados. Para ganarlas hay que estar en gracia de Dios y hacer lo que pide la Iglesia.

Se ganan indulgencias de muchas maneras: al ofrecer el trabajo o estudio, el rezar el Ángelus, el Rosario, el Vía Crucis, la comunión espiritual, una oración por el Papa, al usar una medalla o un crucifijo bendecido, etc. 

 
EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA
 
 
I. LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE FE Y DE AMOR

Con el sacramento de la Eucaristía culmina la iniciación cristiana; en realidad culmina la entera vida sobrenatural -particular y comunitaria o de la Iglesia como tal-, porque es el "sacramento de los sacramentos", el más importante de todos, ya que contiene la gracia de Dios -como los otros sacramentos- y al autor de la gracia, Jesucristo Nuestro Señor. Lo sabemos, no por los sentidos, sino por la fe, que se apoya en el testimonio de Dios: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes; haced esto en memoria mía" (Lc 22,19). Son las palabras de Jesús a los Apóstoles en la Última Cena al dejarles la Eucaristía como regalo de su poder y amor infinitos. Nosotros lo creemos firmemente, como los Apóstoles que estaban presentes en aquel momento.

El Concilio Vaticano II exhorta a la piedad y recogimiento cada vez más claro con la Eucaristía, cuando enseña que es "fuente y cumbre de toda vida cristiana" y que "participando del sacrificio eucarístico" los fieles "ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella" (Lumen Gentium 11).

1.   La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia

      La Eucaristía es el corazón de la Iglesia; para destacarlo el Concilio Vaticano II se sirve de esa  frase -que no es enfática sino justa- diciendo que ahí está la "fuente y cumbre de toda la vida cristiana". Como dice también que "la Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo". Esa es la razón de que "los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan" (Presbyterorum ordinis, 5).

Materia: Pan de trigo sin levadura (ácimo) y vino de vid, como lo hizo Cristo (Mt. 26,7). Forma: Las palabras que Cristo pronunció: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”. (Mt 2, 7). Ministro: Ordinario para realizar el Sacramento: Todo Sacerdote, según dijo Cristo a sus Apóstoles: “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19-20). a) Ministro Ordinario para distribuirlo: Todo sacerdote y todo diacono. b) Ministro Extraordinario para distribuirlo: El varón que haya recibido Acolitado. c) Ministro Ocasional para distribuirlo: Cuando No hay ministro ordinario y hay necesidad, un laico digno hombre o mujer. Sujeto: Todo ser humano bautizado adulto, en uso de razón y limpio de pecado mortal, según las palabras de San Pablo: “Quien coma de este pan y beba de este cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y la Sangre del Señor… come y bebe su propia condenación”. (1Cor 11, 27-29)

2. Los diversos nombres de este sacramento

    La riqueza inagotable de la Eucaristía se expresa mediante los distintos nombres que recibe.  Cada uno evoca algún aspecto de su contenido o circunstancia del momento de la institución. Se le llama:      Eucaristía, que significa acción de gracias a Dios; Banquete del Señor, porque Cristo lo instituyó el Jueves Santo en la última Cena; Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo recibiendo su Cuerpo y su  Sangre; Santa Misa, porque cuando se despide a los fieles al terminar la liturgia eucarística, se les  envía ("missio") para que cumplan la voluntad de Dios en su vida ordinaria.

3. La Institución de la Eucaristía

   Jesucristo instituyó la Eucaristía el Jueves Santo en la última Cena. Ya había anunciado a los discípulos en Cafarnaún (Jn 6) que les daría a comer su Cuerpo y su Sangre, como también había ido preparando la fe de los suyos con argumentos indudables: el milagro de Caná -convirtió el agua en vino- y la multiplicación de los panes, que ponían de manifiesto el poder de Jesucristo. Así, al oír en la última Cena: Esto es mi cuerpo (Lc 22,19), tendrían la firme persuasión de que era como decía; igual que el agua se había convertido en vino por su palabra omnipotente y los panecillos crecieron hasta saciar a una gran multitud.

4. La Eucaristía, renovación incruenta del sacrificio de la cruz

   Jesucristo ofreció a Dios Padre el sacrificio de su propia vida muriendo en la cruz. Fue un auténtico sacrificio con el que nos redimió de nuestros pecados, superando todas las ofensas que han hecho y podrán hacer los hombres, porque es de valor infinito.

   Pero, aunque el valor del sacrificio de Cristo en la cruz fue infinito y único, el Señor quiso que se perpetuara -se hiciera presente- para aplicar los méritos de la redención; por eso, antes de morir, consagró el pan y el vino y ordenó a los Apóstoles: "Haced esto en memoria mía". De esta manera, los hizo sacerdotes del Nuevo Testamento para que, con su poder y en su persona, ofrecieran continuamente a Dios el sacrificio visible de la Iglesia. Jesucristo instituyó la Misa no para perpetuar la Cena, sino el sacrificio de la cruz. Así, la Misa renueva incruentamente el sacrificio mismo del Calvario; y la Eucaristía es igualmente sacrificio de la Iglesia, pues, siendo la Iglesia Cuerpo de Cristo, participa de la ofrenda de su Cabeza.

5. El sacrificio de la Misa y el de la cruz son esencialmente uno y el  mismo

   Entre la Misa y el sacrificio de la cruz hay identidad esencial y diferencias accidentales:

    - El Sacerdote es el mismo: Cristo, que en el Calvario se ofreció Él solo, mientras que en la Misa lo hace por medio del sacerdote.

    - La Víctima es la misma: Cristo, que en el sacrificio de la cruz se inmoló de manera cruenta, mientras que en la Misa lo hace de modo incruento. La presencia de Cristo bajo las especies consagradas del pan y del vino, que contienen por separado su Cuerpo y su Sangre como especies distintas, manifiestan místicamente la separación del Cuerpo y de la Sangre ocurrida en la cruz.

    - En la cruz, Cristo nos rescató del pecado y ganó para nosotros los méritos de la salvación; en la Misa, se nos aplican los méritos que Jesucristo ganó entonces.

6. Los fines de la Santa Misa

   Los fines de la Santa Misa son cuatro: 1) adorar a Dios, 2) darle gracias, 3) pedirle beneficios y 4) satisfacer por nuestros pecados. Podemos unir todo nuestro día a la Santa Misa, y vivir a lo largo de él con esos mismos sentimientos que tuvo Cristo en la cruz.

II.  JESÚS ESTÁ REALMENTE PRESENTE EN LA EUCARISTÍA

Sabemos que Cristo murió, resucitó y subió al cielo, donde está sentado a la derecha del Padre e intercede por nosotros. Pero está presente también en su Iglesia de muchas maneras: en su Palabra, en la oración, en los pobres, en los enfermos, en los sacramentos...; y está presente sobre todo bajo las especies sacramentales de pan y vino, que contienen el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, como enseña la fe.

Este misterio se entiende mejor con el corazón, porque es fruto del Amor del Señor hacia nosotros. Se tenía que ir, pero quería quedarse, y lo que para los hombres es imposible, lo pudo hacer Dios: el Señor se quedó realmente presente en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. En la Eucaristía se contiene el verdadero Cuerpo de Jesucristo, el mismo que nació de la Virgen y que está sentado a la diestra de Dios Padre. Desde el principio, los cristianos creyeron en esta verdad.

1. En la Eucaristía está el mismo Jesucristo

Aunque la fe de la Iglesia ha sido siempre la misma, la doctrina se ha ido desarrollando y el Concilio de Trento puntualiza que en la Santísima Eucaristía están contenidos verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero. Es lo que se conoce como presencia real de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. Se llama "real" no a título exclusivo, como si las otras presencias no fueran reales, sino por excelencia, porque es sustancial y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente, como explica Pablo VI. Esa luz que ardía día y noche junto al Sagrario nos recuerda que Jesús está allí realmente presente.

2. La transusbtanciación

Ante la realidad sobrenatural del misterio eucarístico -la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y vino- es inevitable la pregunta: ¿Qué ha sucedido? Porque antes era pan y era vino, y cuando el sacerdote dice: "Esto es mi Cuerpo", "Este es el cáliz de mi sangre, aquello es el Cuerpo y Sangre de Cristo. Es lo que nos dice la fe, y la palabra de Dios no puede fallar. Efectivamente, por el poder divino otorgado al sacerdote se ha producido un cambio, una conversión -y conversión de sustancias, porque las apariencias externas no han cambiado-, razón por la que, lo que era sustancia de pan se ha convertido en la sustancia de Cristo, en el Cuerpo de Cristo.

Esa admirable y singular conversión es lo que se conoce con el nombre de transubstanciación o cambio de sustancia. Es un misterio excepcional que la razón humana no alcanza a comprender, pero Dios puede hacerlo por medio de su ministro, el sacerdote.

3. Jesucristo está realmente presente en las formas consagradas y en cada una de sus partes

Cuando el sacerdote consagra muchas formas creemos que Jesucristo está realmente presente en todas y cada una de ellas. También creemos que, si una forma se parte en diversos trozos, Jesucristo está todo entero en cada uno de ellos. Por eso el sacerdote recoge cuidadosamente las partículas de las hostias consagradas, aunque sean muy pequeñas, como se indica en la Ordenación general del Misal romano. El Señor se ha quedado por Amor, y con amor hemos de tratarle.

4. Los cristianos deben manifestar la fe y amor hacia la Eucaristía

La creencia en estas verdades de nuestra fe ha llevado a la Iglesia a rendir culto de adoración al Santísimo Sacramento. Este culto a la Sagrada Eucaristía lo ha vivido siempre el pueblo cristiano con muchas devociones eucarísticas:

   El Jueves Santo, en que celebramos la institución de la Eucaristía y especialmente el sacrificio de la Misa.

   La fiesta del Corpus Christi, que celebra la presencia real de Jesucristo, y el Santísimo es llevado en solemne procesión por las calles de la ciudad.

   La exposición y bendición con el Santísimo, pasando un rato con el Señor sacramentado en intimidad de adoración y sincero agradecimiento.

   Las visitas al Sagrario, por parte de los fieles para acompañarle y entretenerle.

Y tantas oraciones que alimentan la piedad eucarística: comuniones espirituales, Adoro Te devote, oraciones para antes y después de comulgar, etc. Guiados por la fe, es un detalle de nobleza humana ofrecer a Jesús en el Sagrario cosas dignas: que el Sagrario sea de lo mejor, cuidar los vasos sagrados, esmerarse en la limpieza; pero sobre todo el respeto y la adoración: la genuflexión bien hecha delante del Sagrario, acudir con frecuencia a visitarle -al menos con el pensamiento y deseo-, actuar con fe al pasar por una Iglesia, etc.

III.  EN LA SAGRADA COMUNIÓN SE RECIBE A JESUCRISTO

 

Los primeros cristianos encontraban la razón de su heroísmo en la Eucaristía. La Confirmación les daba aliento y fortaleza para defender su fe hasta el martirio. Tarsicio fue un niño que llevaba la Eucaristía a los que estaban encarcelados por causa de su fe. Cuando iba de camino se encontró con los compañeros de juego, que eran paganos. Le invitaron a jugar, pero no podía entretenerse porque llevaba al Señor. Sabían que era cristiano y, dándose cuenta de que escondía algo, le atacaron y golpearon violentamente, mientras él defendía el tesoro que le habían encomendado.

En ese momento pasó un soldado, que se llevó a Tarsicio para encarcelarlo. Aunque gravemente herido, dijo a los de la cárcel que les traía la Comunión. Así pudieron comulgar los que al día siguiente morirían mártires. Tarsicio también fue mártir de la Eucaristía.

Con este respeto y amor trataban la Eucaristía los primeros cristianos.

1. El sacrificio eucarístico y la comunión

   El sacrificio eucarístico o santa Misa es -a la vez e inseparablemente- memorial sacrificial que perpetúa el sacrificio de la cruz ofrecido al Padre, y banquete sagrado de comunión en el Cuerpo y Sangre del Señor; la celebración eucarística está también orientada a la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros. Cristo, pues, se ofrece al Padre y se da a los hombres.

2. Jesucristo instituyó la Eucaristía como alimento de nuestras almas

   Jesús prometió a los Apóstoles en Cafarnaún que daría a comer su carne para vida del mundo y prenda de vida eterna: "El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Porque mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida: el que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6,54-56).

   En la última Cena se cumplió la promesa y el Señor instituyó la Eucaristía: "Tomad y comed; esto es mi Cuerpo" (Mt 26,26). Es la afirmación clara de que el Cuerpo de Señor está en la Eucaristía realmente y se nos da como alimento.

3. Los frutos de la comunión

   La comunión sustenta la vida espiritual de modo parecido a como el alimento material mantiene la vida del cuerpo. En concreto podemos señalar estos frutos de la comunión sacramental:

    - Acrecienta la unión con Cristo, realmente presente en el sacramento.

    - Aumenta la gracia y virtudes en quien comulga dignamente.

    - Nos aparta del pecado: purifica de los pecados veniales, de las faltas y negligencias, porque enciende la caridad.

    - Fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.

    - Cristo nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria futura.

4. Disposiciones para comulgar bien: Las disposiciones para recibir dignamente a Cristo son:

a) Estar en gracia de Dios, es decir, limpios de pecado mortal. Nadie puede acercarse a comulgar, por muy arrepentido que le parezca estar, si antes no ha confesado los pecados mortales. El pecado venial no impide la comunión, pero es lógico que tengamos deseos de recibir a Jesús con el alma muy limpia; de ahí que la Iglesia aconseja confesarse con frecuencia, aunque no tengamos pecados mortales. Si alguien se acercara a comulgar en pecado mortal, cometería un sacrilegio.

b) Guardar el ayuno eucarístico, que supone no haber comido ni tomado bebidas desde una hora antes de comulgar; el agua no rompe el ayuno y tampoco las medicinas. Los ancianos y enfermos -y los que los cuidan- pueden comulgar aunque no haya pasado la hora después de tomar algo.

c) Saber a quién se recibe. Puesto que se recibe al mismo Cristo en este sacramento, no podemos acercarnos a comulgar desconsideradamente o por mera rutina, o para que nos vean. Hemos de hacerlo para corresponder al deseo de Jesús y para hallar en la comunión un remedio a nuestra flaqueza.

Hasta en la compostura externa debe manifestarse la piedad y el respeto con que nos acercamos a recibir al Señor. Se comulga de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Jerarquía de la Iglesia y pida la devoción de cada uno.

5. La acción de gracias de la comunión

   Jesús se ha quedado en la Eucaristía por amor hacia nosotros. La mejor manera de recibirle será realizar una buena preparación antes de comulgar y, conscientes del don recibido, dar gracias no sólo en el momento de la comunión sino a lo largo del día. Después de comulgar quedarnos en la iglesia u oratorio dando gracias, al menos unos minutos.

6. Obligación de comulgar y necesidad de la comunión frecuente

   Comulgar realmente no es necesario para salvarse; si un niño recién bautizado muere, se salva. Pero Jesucristo dijo: "Si no comen de la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes" (Jn 6,53). En correspondencia con estas palabras, la Iglesia ordena en el tercer mandamiento que, al menos una vez al año y por Pascua de Resurrección, todo cristiano con uso de razón debe recibir la Eucaristía. También hay obligación de comulgar cuando se está en peligro de muerte; en este caso la comunión se recibe a modo de "Viático", que significa preparación para el "viaje" de la vida eterna.

   Esto es lo mínimo, y el precepto debe ser bien entendido; de ahí que la Iglesia exhorte a recibir al Señor con frecuencia, incluso diariamente. Si algún día no podemos comulgar, es bueno hacer una comunión espiritual, expresando el deseo que tenemos de recibir al Señor sacramentalmente.

 
 
EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN
 
En la confirmación se recibe el Espíritu Santo

Si nos fijamos en los Apóstoles, antes y después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, se observan algunas diferencias importantes: antes tenían miedo y ahora predican la palabra de Dios con decisión; los que eran incultos e ignorantes, después hablan de los misterios de Dios y en lenguas extrañas. Este cambio tan sorprendente se produce porque en aquel día recibieron la plenitud del Espíritu Santo.

De manera semejante, los fieles reciben también la plenitud del Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación. Este tema puede servir para conocer mejor la naturaleza y los efectos del sacramento y, si no se ha recibido todavía, para prepararse con la ilusión de recibirlo cuanto antes.

1. Los Apóstoles recibieron la plenitud del Espíritu Santo en Pentecostés; nosotros, en la confirmación

Los Apóstoles ya habían recibido el Espíritu Santo antes de la ascensión del Señor a los cielos; en la tarde de la resurrección se les apareció Jesús en el Cenáculo y sopló sobre ellos, diciendo: "Reciban el Espíritu Santo" (Jn 20,22). Pero en Pentecostés se llenaron del Espíritu Santo y de dones excepcionales (Hech 2,1-4).

También nosotros recibimos en el bautismo el Espíritu Santo junto con la gracia, pero el Señor ha instituido el sacramento de la confirmación, que es necesario para la plenitud de la gracia bautismal. La confirmación une más íntimamente a la Iglesia y enriquece con la fortaleza especial del Espíritu Santo; de forma que nos comprometemos mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe cristiana con nuestras palabras y obras, a mostrarnos ante los demás como verdaderos discípulos de Cristo.

2. Efectos del sacramento de la confirmación

De manera parecida a lo que sucedió a los Apóstoles en el día de Pentecostés, este sacramento produce en el alma estos frutos:

a) Aumenta la gracia. La vida de la gracia que se recibe por primera vez en el bautismo adquiere  un nuevo resello con la confirmación: hay un crecimiento y profundización de la gracia bautismal.

b) Imprime carácter. La confirmación imprime una marca espiritual indeleble -el carácter-, para ser testigos de Jesucristo y colaboradores de su Reino; por eso, sólo se puede recibir una vez en la vida.

c) Fortalece la fe. La palabra confirmación significa fortalecimiento; con este sacramento nuestra fe en Jesucristo queda fortalecida.

d) Nos hace testigos de Cristo. La confirmación nos da fuerzas para defender la fe y defendernos de los enemigos exteriores de nuestra salvación: el demonio, el mal ejemplo e incluso de las persecuciones, abiertas o solapadas, que se desatan contra los cristianos. Nos da vigor para confesar con firmeza nuestra fe siendo testigos de Jesucristo, colaborando en la santificación del mundo y actuando como apóstoles allí donde vivimos y trabajamos.

3. Ministro, sujeto, materia y forma del sacramento de la confirmación

Ministro ordinario de este sacramento es el Obispo; extraordinario, el presbítero que goza de esta facultad por derecho común o por concesión peculiar de la autoridad competente; en peligro de muerte, el párroco o cualquier sacerdote.

El sujeto es toda persona bautizada que no lo ha recibido. Para recibirlo se debe estar en gracia de Dios, conocer los principales misterios de la fe y acercarse a él con reverencia y devoción.

La materia es la unción en la frente con el crisma (mezcla de aceite y bálsamo consagrado por el obispo), que se hace mientras se imponen las manos. La unción significa uno de los efectos del sacramento: robustecer la fe.

La forma la constituyen estas palabras que pronuncia el ministro: "N., recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo". Se responde: "Amén".

4. Estimar mucho la confirmación

Puesto que la confirmación hace del fiel cristiano un testigo de Jesucristo, desarrollando y perfeccionando las gracias recibidas en el bautismo, es preciso luchar por mantener los frutos del sacramento. Sólo así seremos fuertes para confesar con entereza la fe cristiana. Lo conseguiremos si acudimos con frecuencia a la Penitencia y a la Eucaristía.

De Ordinario, la vida cristiana se desarrolla en circunstancias corrientes y normales; sólo en circunstancias extraordinarias puede pedir el Señor el heroísmo del martirio, derramando la sangre por confesar la fe en Jesucristo. Sin embargo, pide a todos esforzarse en las pequeñas luchas de la vida diaria: buen trato con los padres y hermanos, trabajo bien hecho y ofrecido a Dios, ayuda generosa y desinteresada a los compañeros, fidelidad a la doctrina de Jesucristo y difusión de la fe con el ejemplo, la amistad y los buenos consejos.

5. Dones del Espíritu Santo

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu, estos dones son:

Sabiduría: Nos da la capacidad especial para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios. Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades de este mundo; nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.


Ciencia: El hombre iluminado por el don de la ciencia, conoce el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Y no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida.


Consejo: Este don actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma. El cristiano ayudado con este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña

Piedad: Mediante éste don, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos. El don de la piedad orienta y alimenta la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia ayuda y perdón. Además extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.


Temor de Dios: Con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es el amor a Dios, el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de permanecer y de crecer en la caridad.


Entendimiento: Mediante este don el Espíritu Santo, que "escruta las profundidades de Dios" (1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios, al mismo tiempo hace también más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación.

Fortaleza: Es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios, en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez. Es decir, tenemos que invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: "Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Cor 12,10).

 
 
 
EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

EL BAUTISMO NOS HACE HIJOS DE DIOS Y MIEMBROS DE LA IGLESIA

"Después de ochenta años de incredulidad, un anciano encontró la luz de la fe, se convirtió y recibió el bautismo. Dos años después cayó gravemente enfermo; todos se dieron cuenta de que le había llegado el momento de la muerte. Alguien le preguntó cuántos años tenía, y respondió: En verdad, sólo puedo contar con dos años de vida. Nadie encontraba explicación a esta respuesta, pero el anciano añadió: No es cosa difícil de entender, pues comencé a vivir al recibir el bautismo; mi vida anterior es como si no existiera".

Esta anécdota puede servirnos para introducir el estudio del bautismo, "sacramento de la fe", "puerta de los sacramentos" o puerta de ingreso a la Iglesia", como se le llama desde antiguo, y para que sepamos dar la importancia que tiene al hecho de estar bautizados.

1. Los sacramentos de la iniciación cristiana

Ya sabemos que los sacramentos de la iniciación cristiana son: el Bautismo, que es el inicio de la nueva vida en Cristo; la Confirmación, que da fortaleza y plenitud a esa vida, y la Eucaristía, que nos alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para unirnos a Él y transformarnos hasta identificarnos con Él.

2. El sentido del bautismo  

Explica San Pablo que por el bautismo morimos al pecado y resucitamos a la vida nueva de la gracia (Rom 6,3-11). Esta realidad se entiende más fácilmente cuando el sacramento se administra por inmersión, que es entrar y salir del agua significando la muerte y resurrección del Señor.

En efecto, todos nacemos con el pecado heredado de nuestros primeros padres, y en consecuencia privados de la gracia; pero Cristo nos libró con su muerte y resurrección. Su muerte nos limpia del pecado y nos hace morir al pecado; su resurrección nos hace renacer y vivir la vida nueva de Cristo. El bautismo es el sacramento que aplica a cada bautizado los frutos de la Redención, para que muramos al pecado y resucitemos a la vida sobrenatural de la gracia.

3. Qué es el bautismo

Cuando Cristo envió a sus Apóstoles por todo el mundo, les dijo: "Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). "El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará" (Mc 16,16).

El bautismo es el sacramento instituido por Jesucristo, que nos hace discípulos suyos y nos regenera a la vida de la gracia, mediante la ablución con agua natural y la invocación de las tres Personas divinas. El bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos.

Materia: Es el agua natural. Forma: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Ministro: Ordinario: Todo sacerdote; Extraordinario: el diácono; Ocasional: cualquier persona que tenga uso de razón y la intención de hacer lo que Cristo mando. Sujeto: Todo ser humano vivo y no bautizado

4. Efectos del bautismo

a)  Borra el pecado original. El bautismo perdona y destruye el pecado original con el que todos nacemos; cuando el que se bautiza es adulto, borra también los pecados personales así como la pena por ellos debida, y si el recién bautizado muriese, iría directamente al cielo.

b)  Infunde la gracia santificante. Por el sacramento del bautismo Dios infunde en el alma la gracia santificante - que es una participación de la naturaleza divina -, junto con las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. Con estos dones el alma se hace dócil y pronta a los impulsos del Espíritu Santo. Por la gracia, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo establecen su morada en el alma, que es templo del Espíritu Santo.

c)  Confiere carácter sacramental. El otro efecto del bautismo es el carácter, cierta señal espiritual e indeleble, que explica que este sacramento sólo se pueda recibir una vez. El carácter bautismal configura a Cristo, da una participación de su sacerdocio, capacita para continuar en el mundo su misión como fieles discípulos suyos, y nos distingue de los infieles.

d)  Incorpora a Jesucristo. Tanto la gracia como el carácter son efectos sobrenaturales del Bautismo, que nos unen a Cristo como se unen los miembros con la cabeza. Cristo es nuestra Cabeza y el carácter nos vincula a Él para siempre, mientras que la gracia nos hace miembros vivos.

e)  Incorpora a la Iglesia. Por el bautismo nos convertimos en miembros de la Iglesia, con derecho a participar en la Sagrada Eucaristía y a recibir los demás sacramentos; sin estar bautizado no se puede recibir ningún otro sacramento. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, y el bautismo nos incorpora a Cristo, que es la Cabeza, y a su Cuerpo, que es la Iglesia.

5. Necesidad del bautismo

El bautismo es absolutamente necesario para salvarse, como declaró el Señor a Nicodemo: "En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos". (Jn 3,5). Cuando no es posible recibir el sacramento del bautismo, se puede alcanzar la gracia para salvarse por el llamado bautismo de deseo -un acto de perfecto amor a Dios, o la contrición de los pecados con el voto explícito o implícito del sacramento- y por el bautismo de sangre o martirio, que es dar la vida por Cristo.

Puesto que nacen con naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, a los niños les es necesario también el bautismo. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de los niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios, si no se le administrase el bautismo poco después del nacimiento; así se entiende la necesidad de bautizar a los niños cuanto antes. Es el mayor regalo que se les puede hacer, ya que desde ese momento son "para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey" (Ritual del Bautismo).

En  cuanto a los niños muertos sin bautismo, la Iglesia invita a tener confianza en la misericordia divina y a orar por su salvación.

6. Quiénes pueden administrar el bautismo

Normalmente, bautiza el párroco, u otro sacerdote o diácono con su permiso, pero en caso de necesidad puede hacerlo cualquiera. Dada la importancia y necesidad del bautismo, Dios ha dado todas las facilidades en la administración de este sacramento; y así, incluso un no bautizado (un protestante o un no cristiano o que no profese nuestra fe), con tal de que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia y lo realice correctamente, bautiza de verdad. La razón está en que siempre es Cristo quien bautiza, como observa San Agustín: "¿Bautiza Pedro? Cristo bautiza. ¿Bautiza Juan? Cristo bautiza. ¿Bautiza Judas? Cristo bautiza".

7. Modo de administrar el bautismo

Al administrar el sacramento se derrama agua natural sobre la cabeza, que viene a ser la materia, diciendo: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", que viene a ser la forma. En la ceremonia del bautismo hay diversas partes, pero lo esencial es lo que hemos dicho: derramar el agua y, al mismo tiempo, pronunciar las palabras "Yo te bautizo...".

8. Obligaciones que impone el bautismo

Cuando el bautismo se administra a niños, responden por el neófito sus padres y padrinos; pero el cristiano adulto -conocedor de los efectos del sacramento en el alma- debe responder por sí mismo y firmemente dispuesto a vivir como bautizado. Esa respuesta se puede concretar en hacer actos de fe expresa (recitando el Credo), proponiendo guardar la ley de Jesucristo y de su Iglesia y renunciando para siempre al demonio y a sus obras, como se hace en la Vigilia Pascual al renovar las promesas del bautismo.  

 
 
CUADRO COMPARATIVO DE LOS SACRAMENTOS
 
Sacramentos
Signos Sacramentales
Sujeto
Ministro
Materia
Forma
Bautismo
Agua natural y bendecida (fuera del caso necesidad)
Las palabras, “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
La persona: viva y no bautizada.
El ordinario es el obispo, el sacerdote y el diácono. (Mc 16,15-16; Mt 28,18-20; Jn 3,5-6; Mt 3,16)
Reconciliación
Pecados mortales y aún los veniales.
Las palabras: “Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. (Jn 20,22-23)
Toda persona bautizada. Si está casada que su unión sea legítima por la Iglesia.
El obispo, el sacerdote.
Eucaristía
Pan de trigo ácimo, y el vino de uva puro.
Las palabras con las que Cristo en la cena entregó su cuerpo y su sangre a los apóstoles, tal como se han conservado en el Canon de la Misa. (Mt 26,26)
Toda persona bautizada y en estado de gracia.
El obispo, el sacerdote
Confirmación
Se administra por la unción con el crisma en la frente, que se hace con la imposición de manos.
Las palabras: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo” con un signo de la cruz en la frente.
Cristiano bautizado en gracia antes de recibirlo. “Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hch 8,17)
El obispo es ministro ordinario, también el sacerdote dotado de facultad por el derecho común o con el permiso del obispo.
Unción de los
enfermos
Aceite consagrado por el obispo (óleo de los enfermos) o por el sacerdote en caso de necesidad.
Las palabras de la unción: “Por esta santa Unción y pos su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu te conceda la salvación y te conforte en la enfermedad. Amén”. (Sgto 5,13-15)
El cristiano enfermo que reúna las condiciones prescritas por el código de derecho canónico.
El obispo y todo sacerdote.
Matrimonio
Es el Sí en cuanto donación total al otro. El consentimiento de los contrayentes.
Es el sí en cuanto Aceptación del otro cónyuge: “Yo te recibo a ti… como esposa/o y prometo serte fiel en lo favorable y en lo adverso con salud o enfermedad y así amarte todos los días de mi vida”.
El hombre y la mujer bautizados que cumplan con las condiciones para la validez  del sacramento y que no sean impedidos por lo prescrito por el Derecho Canónico (Mt5,32; 19,6)
Son los mismos contrayentes.
Sacerdote es el testigo cualificado de la Iglesia.
Ordenación
sacerdotal
Imposición silenciosa de las manos.
Oración consecratoria del sacramento: “Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a este siervo tuyo la dignidad del presbiterado; renueva en su corazón el Espíritu de Santidad: reciba de ti el sacerdocio de 2do grado y sea, con su conducta, ejemplo de vida”.
El varón bautizado que, a juicio del propio Obispo o superior, reúna las cualidades requeridas y no tenga ningún impedimento. (Mt 28,16-20; 2 Tim 1,6; Hch 14,23)
El Obispo
 
 
 

 BENEFICIOS DE LA RISA

Los sicólogos y médicos que han estudiado el fenómeno de la risa están de acuerdo en afirmar que es benéfica no sólo en el aspecto sicológico sino fisiológico. 

Entre otros beneficios citan los siguientes:

1. Fortalece los pulmones.

2. Despeja el sistema respiratorio.

3. Es un escape emocional saludable.

4. Es un medio de descarga de la energía superflua.

Una persona sana, saludable, ríe. Los que no ríen pueden estar aquejados de alguna perturbación física o mental. Por lo demás se dice que la risa es una válvula de escape para la agresividad y por consiguiente tiene un gran valor terapéutico.